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El vinilo no ha muerto

¿Quién dijo que el ‘long play había muerto’? Discográficas alternativas, dj’s y películas como ‘Alta Fidelidad’ defienden la segunda juventud del soporte analógico frente al frío y desnaturalizado ‘compact disc’.

El vinilo es un material plástico y sólido, que se presenta en su forma original como un polvo de color blanco. Se fabrica mediante la polimerización del cloruro de vinilo, que, a su vez, es obtenido de la sal común y del petróleo. Pero el vinilo es también algo más. Se trata del material del que han sido hechos muchos sueños desde casi la era del fonógrafo. Fiestas con Scott Fitzgerald, los diabólicos aullidos de Robert Johnson, el giro de caderas de Elvis Presley, las buenas vibraciones de Beach Boys, la rabia de los Stooges, el primer single de los Smiths, el último de Hefner. El ruido de fondo siempre era una especie de huevo frito, un crujido dando vueltas y vueltas en el tocadiscos a 45 ó 33 revoluciones por minuto. ¿Pero no había muerto el vinilo? ¿Lo matarían las cintas de carretera? ¿O el compact disc? Pero, ¿no acabó el mini disc con el CD? ¿Y dónde situamos aquí al MP3 o al inagotable archivo de Napster?

Si atendemos a la situación actual del mercado, entendido como «las listas de ventas», da la impresión de que el vinilo hubiese desaparecido de la faz de la tierra para quedar relegado a las catacumbas que habitan los puristas del sonido analógico o los lectores de fanzines, que deambulan por tiendas especializadas en techno, reagge o indie; o que solicitan cuantos catálogos ofrece Internet.

Pero no sólo no ha desaparecido, sino que, encima, vive una segunda juventud, una especie de revival alimentado tanto por películas como Alta Fidelidad (basada en la novela homónima de Nick Hornby), como por la subterránea labor de sellos como Elefant o Sub Pop, la actividad de los dj’s -que prefieren el vinilo al CD- y de medios semiclandestinos de comunicación.

En un Time Out de agosto, se publicaba un artículo sobre el renacimiento del vinilo y del mercado de singles y long plays. En él se incluía la llamada teoría Neil Young. El ilustre autor norteamericano piensa que, como el CD tiene un formato digital -no es música como tal, sino sonido dispuesto en forma de códigos binarios-, podemos advertir absolutamente todos los detalles de una canción la primera vez que la escuchamos. Y, como nada se esconde a la sensibilidad del oído, el cerebro no se siente impulsado a poner el CD por segunda vez. «En realidad, no estás escuchando música -añadía-, sino códigos y dígitos, tonos y frecuencias que recrean el sonido de la música».

Siempre sorprendente

El vinilo, por el contrario, siempre depara sorpresas. La enésima vez que pinchas el Tremolo de My Bloody Valentine, quizás es la primera en la que detectas que hay siete guitarras sonando al mismo tiempo. La quinta vez que disfrutas del Orange Crate Art de Brian Wilson y Van Dyke Parks, puede ser la primera en la que percibes una increíble melodía de piano. Puede que Neil Young sea un paranoico y esté un poco loco, pero eso no le quita parte de razón. Han pasado ya muchos años desde que la industria -las grandes multinacionales como Sony no sólo publican discos, sino que crean y desarrollan equipos de alta fidelidad, lectores de CD, tel/media//media/evisores- presentó al gran público la superioridad del compact respecto al vinilo en lo que se refiere a la calidad del sonido, nitidez o limpieza.

Además -sonreían-, un compacto nunca se raya. Si obviamos lo ridículo de esta última afirmación (un CD rayado es muchísimo peor que un long play rebelde a la aguja), hay una forma de probar esto: ponemos un vinilo de 180 gramos, los más duros y resistentes, y un CD del mismo título. En una primera escucha, tenemos la impresión de que el CD suena mejor, tal es su brillantez y claridad; poco a poco, en segundas y terceras audiciones, las preferencias se igualan, pero, al final de la sesión, un vinilo produce una menor sensación de cansancio o saturación. El sonido orgánico de un acetato es más natural.

Según Luis Calvo, director del sello Elefant (casa de gente como Carlos Berlanga, Beef, Pribata Idaho, Le Mans o Nosoträsh), «el vinilo es algo tan bonito, tan visual, que no se puede comparar estéticamente al CD. Las portadas de los discos en formato grande son mucho más atractivas e impactantes y, bueno los ’singles’ de vinilo son el objeto más pop que nunca se haya inventado. Es un formato perfecto para la música y el tamaño ideal para el diseño. Y si tienes un buen plato (tocadiscos) y un buen equipo en casa, suenan de maravilla. Creo que el sonido es mejor, más cálido y dulce».

Puro consumismo

Muchos serán quienes se pregunten cómo puede resultar mejor el sonido de un giradiscos que el de un reproductor de CD. Pero la razón es bastante simple, dado que lo más importante reside en la naturaleza del sonido, y sólo después, en la calidad del soporte. El sonido de un disco de vinilo es analógico desde la fuente hasta la salida; no experimenta cambios de onda decisivos en un buen equipo.

La información sonora de un compact es, en cambio, digital. Al salir, se debe convertir nuevamente en analógica y, para ello, ha de reducir las curvas originarias de sonido a 0 y 1, con lo que se pierden matices. Quizás sea esa la razón por la que, el pasado año, Sony/Philips lanzó la idea del reproductor de CD Super Audio, con el reclamo de que el sonido poseería «la misma calidez del vinilo».

¿Para qué, entonces, crear el compacto? ¿Tendrá algo que ver con el capitalismo y la sociedad de consumo? Los vinilos ocupan demasiado espacio en la tienda de un centro comercial y, además, ofrecen una sensación de exclusividad que la industria no desea. El mercado potencial ha de ser lo más amplio posible y debe incluir a las personas a quienes la música no les interesa, pero la consumen como cualquier otro producto.

Apunta Luis Calvo que «la música electrónica ha sido fundamental. Si la industria deja de fabricar platos, se muere el vinilo, pero si hay ‘dj’s’ que pinchan vinilo, el asunto resulta interesante y se siguen vendiendo platos. En el futuro, es posible que el LP sea un capricho para ‘fans’, coleccionistas y amantes de la música, aunque pienso que seguirá vendiéndose e, incluso, crecerá un poco. Ahora existe un lector digital que lee vinilos, y eso es básico para que éstos sirvan de algo. Es como si te compras un cartucho antiguo de ocho pistas: ¿dónde lo pones, si apenas quedan reproductores?».

Identificación por los surcos

Si comprar un clásico long play requiere cierto conocimiento e implicaciones musicales, el cedé es puro populismo, como los equipos de treinta mil pesetas en los que suenan: democracia artística, económica y sentimental de la peor calaña. En este sentido, un compacto es más un objeto que una obra de arte. No hay más que entrar en una tienda en la que aún conserven cierta sensibilidad y comparar la versión en vinilo de Moondance (Van Morrison) con su correspondiente CD para darse cuenta de la diferencia: éste semeja una fotocopia cutre del primero. Y las reediciones en compacto de clásicos del jazz parecen copias piratas.

Quizás porque el CD no sea real, sino virtual, o porque ahora, con la tecnología del regrabado en los ordenadores, los soportes vírgenes y los escáners digitales, cualquiera puede hacerse uno en casa. Insisto: la comodidad y posibilidad de uso del compact disc no significa que sea el formato de mayor calidad.

No hace mucho, se publicó en la revista de divulgación Discover que un hombre -un tal doctor Arthur Lintgen, físico de profesión- era capaz de identificar la obra grabada en un disco de vinilo mediante la mera inspección visual de sus surcos. El buen señor aseguraba que, con sólo mirar un disco de música sinfónica de cualquier época posterior a Mozart, podía identificar el compositor y, algunas veces, hasta los intérpretes.

El caso fue tomado muy en serio por el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones Paranormales, que, tras someter a Arthur Lintgen a rigurosas pruebas, admitió que decía la verdad. El físico identificó correctamente dos versiones distintas de La Consagración de la Primavera de Stravinsky, así como el Bolero de Ravel, Los Planetas de Holst y la Sexta Sinfonía de Beethoven. Como control, se le mostraron otros plásticos, uno rockero, que fue etiquetado como «un guirigay».

Por muy asombrosa que nos parezca esta habilidad, la cuestión no viola ningún principio importante de la realidad física, ya que la información estaba presente en los surcos y lo sorprendente era sólo la manera de extraerla de ellos. ¿Refuta eso la supuesta superioridad del CD? ¿Nos dice algo sobre las propiedades casi místicas del vinilo?

Es probable, como también es posible que Beck, Oasis o Nirvana -que han incluido canciones extra en la versión en long play de sus lanzamientos- tengan razón a la hora de reivindicar un formato que exige cuidado y una atención personalizada casi propia de un monje, pero que también suele darnos grandes satisfacciones y se muestra tremendamente agradecido. Como todo lo bueno en esta vida.

Jesús Llorente

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